LA HERMANDAD ESTELAR DE HARVARD
LA HERMANDAD ESTELAR DE HARVARD
Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, laboró con incansable dedicación en el Observatorio de la Universidad de Harvard una auténtica y admirable hermandad femenina, congregada por su entonces director Edward Pickering –por lo cual a menudo dicha hermandad es conocida como el harem de Pickering– y luego por su sucesor Harlow Shapley. El legado de este ilustre grupo de mujeres astrónomas, algunas de ellas con educación formal en astronomía y otras aficionadas dedicadas, fue nada menos que el sistema de clasificación estelar que se sigue usando en la actualidad, a partir del tedioso análisis de cientos de miles de placas fotográficas de cristal tomadas durante el mismo período tanto en los hemisferios norte como sur, cubriendo la totalidad del cielo. La clasificación de cientos de miles de estrellas, codificadas en el catálogo estelar Henry Draper (HD), así como el descubrimiento de numerosas estrellas variables, se debe al inmortal trabajo de Williamina Fleming, Antonia Maury, Annie Cannon, Henrietta Leavitt y Cecilia Payne, entre otras.
La historia se remonta a inicios de la década de 1880, cuando el médico, astrónomo aficionado y astrofotógrafo Henry Draper, falleció prematuramente. Junto con su esposa Anna Draper, también aficionada a la astronomía, Henry había iniciado el trabajo de fotografiar el cielo con el fin de clasificar las estrellas de acuerdo a su brillo y a sus espectros. Cuando la luz de las estrellas pasa a través de un espectroscopio, que es una combinación de telescopio y espectrómetro, es descompuesta en los colores del espectro electromagnético, revelando líneas que indican la presencia de ciertos elementos químicos. Este tipo de análisis, iniciado por Fraunhofer en Alemania y continuado por Huggins en Inglaterra, Secchi en Italia y por Draper y Pickering en Estados Unidos, representó nada menos que el nacimiento de la astrofísica. Al enviudar, Anna, heredera de una gran fortuna en Nueva York y de un modesto observatorio en el mismo estado, decidió que el mejor homenaje que podría rendir a la memoria de su marido sería completar el inconcluso trabajo que ambos habían emprendido, financiando el importante trabajo de tomar más placas fotográficas del resto del cielo y concluir el análisis de las mismas para clasificar todas las estrellas visibles desde ambos hemisferios. A este generoso esfuerzo se unió también la financiación paralela de otra mujer neoyorquina, astrónoma aficionada y heredera de otra fortuna, Catherine Bruce.
Pickering, el diligente director del Observatorio de Harvard, situado en Cambridge, Massachusetts, se aseguró de que estos fondos fueran bien aprovechados y contrató como “calculadoras” a varias talentosas y disciplinadas mujeres, para ayudar tanto con la toma de fotografías como con el análisis de las placas y la clasificación de las estrellas y sus espectros, contenidas en cada una de ellas, en una época en la que aún la mayoría de las mujeres estaban excluidas del mundo académico y científico. Pese a esto, nunca vaciló en confiar tan importante y meticuloso trabajo a ellas, en apoyarlas, promoverlas y darles debido crédito en las publicaciones del observatorio, al igual que haría su sucesor Shapley. Además, amplió las instalaciones del observatorio existente, ordenando la construcción de nuevos edificios y telescopios –incluido un nuevo observatorio en Arequipa, Perú, para fotografiar el cielo austral– y buscó incansablemente el patrocinio de otros mecenas como Rockefeller, Carnegie y Hale, y convirtió a Harvard en la meca mundial de la fotografía, análisis y clasificación espectral de las estrellas, atrayendo a reconocidos astrónomos de todo el mundo.
Gracias al patrocinio de Draper, Bruce y Pickering, Williamina Fleming, quien inicialmente dirigió al equipo de mujeres “calculadoras” en su análisis de las placas fotográficas estelares, se convirtió en la primera mujer en ocupar una posición académica en Harvard. Antonia Maury y Annie Cannon diseñaron un sistema de clasificación estelar de acuerdo a las clases espectrales de las estrellas (brillo, temperatura y color) que hoy todos los astrónomos del mundo memorizan como OBAFGKM (“Oh Be A Fine Girl, Kiss Me”). Importantes descubrimientos de carácter más teórico estaban destinados a Henrietta Leavitt y a Cecilia Payne.
La historia de esta brillante hermandad estelar de Harvard es inspiradora y una muestra de feminismo real, en el sentido de que un grupo de mujeres, a lo largo de décadas y gracias a su esfuerzo, talento y dedicado trabajo, en medio de un mundo que aún las excluía de la ciencia y la academia, pudo sin embargo arreglárselas para dejar su marca indeleble en la astronomía. Y gracias también, por supuesto, al patrocinio económico de otras dos mujeres, Draper y Bruce, y al apoyo moral de dos hombres, Pickering y Shapley, con la suficiente apertura mental y visión vanguardista para su época al considerarlas, no ya como sus subalternas, sino como sus colegas científicas.




Este grupo de mujeres priorizó su deseo de observar las estrellas y clasificarlas según su composición química por encima del reconocimiento social. En realidad, no disponían de mucho tiempo para preocuparse por el prestigio personal. Aunque el reconocimiento llegó posteriormente, cuando se confirmó que Cecilia Payne estaba en lo cierto y que sus estudios explicaban un fenómeno estelar fundamental, ella misma dudó de sus propios hallazgos. Esta actitud, lejos de restarle mérito, la hace aún más brillante.
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