CONFLAGRACIONES CÓSMICAS (Y MENTALES)






“Siento una terrible necesidad de religión, así que salgo por la noche a pintar las estrellas” 
(Van Gogh, Cartas a Théo, 1888)



La astronomía y la cosmología, el estudio del universo y la reflexión a partir del mismo, están sin duda entre las actividades espirituales más elevadas y profundas de la humanidad. Quien lo dude no sabe de qué habla, pues quizá no ha experimentado por sí mismo la complejidad e intensidad de los pensamientos que genera una noche estrellada, sea a simple vista o a través de un telescopio. Pero por supuesto, hay que saber qué se está observando. 

 

Esos puntos de luz que vieron nuestros antepasados más primitivos casi en sus mismas posiciones actuales, esas hogueras distantes, son soles como el nuestro –o más grandes y luminosos, o más pequeños y tenues– que alumbran y calientan otros planetas remotos que quizá nunca visitaremos. En nuestra hoguera local, el sistema solar, nuestro pequeño pero valioso planeta es apenas una pavesa que flota junto a otras alrededor del fuego central. Todas las estrellas que vemos en el cielo son, literalmente, los soles de otros mundos y otros seres que nuestra imaginación ni siquiera podría empezar a concebir. Y la luz que vemos de ellos, los fotones que entran en nuestras retinas directamente o a través de los lentes y espejos de nuestros telescopios, han estado viajando durante años, pues la velocidad de la luz es finita. Cuando vemos las estrellas más brillantes que adornan una noche oscura y despejada lejos de la ciudad, estamos viendo decenas o centenas de años atrás en el tiempo, en algunos casos las vemos como eran antes de que hubiéramos nacido. Algunas de ellas pueden incluso no existir ya y seguimos viendo espejismos mientras nos enteramos de su extinción explosiva que aún viaja hacia nosotros. 

 

Además, esa luz nos revela algo profundo sobre nosotros mismos. Los elementos de que están compuestos nuestros cuerpos y toda la naturaleza que nos rodea –planetas, animales, plantas– se encuentran también en esas estrellas y además fueron creados en sus entrañas miles de millones de años en el pasado y eyectados al espacio cuando murieron, para volverse a condensar eones después en nebulosas que a su vez dieron origen a nuevas estrellas, entre esas la nuestra. Así que no solo provenimos de las estrellas sino que somos productos del reciclaje estelar. 


Pero además hay hogueras enormemente mayores en magnitud y distancia, a cuya escala ya son las estrellas las que pasan a ser las pavesas en torno al fuego central de sus núcleos. Estas galaxias, a su vez están conformadas por millones a miles de millones de esos fuegos menores que son las estrellas, son verdaderas conflagraciones cósmicas que sin embargo nos engañan con su apariencia difusa, casi fantasmagórica, a simple vista o a través del telescopio, como en el caso de Andrómeda o las Nubes de Magallanes. Vivimos dentro de una de ellas, llamada la Vía Láctea, y ni siquiera podemos ver directamente el fulgor del centro de la hoguera, por estar oculto por el carbón de las nebulosas oscuras que se interponen entre él y nosotros. Cuando observamos galaxias, ya no estamos mirando decenas o cientos, ni siquiera miles de años en el pasado, sino cientos de miles o millones, cuando aún nuestra especie estaba en sus albores o aún no existía, y en el caso de las más lejanas cuando ni siquiera nuestro planeta existía aún.

 

Como verdaderos incendios forestales en medio de un oscuro y enorme bosque, las hogueras galácticas se unen en conflagraciones todavía mayores llamados cúmulos y supercúmulos, que pueden tener cada uno cientos, miles o millones de galaxias. Estas son las mayores hogueras que conocemos y podemos concebir, en los confines del espacio y el tiempo, pero esto no significa que no pueda existir a su vez un laberinto infinito de otros bosques con sus propios incendios, el multiverso. A esta escala inconmensurable para seres minúsculos y efímeros como nosotros, las pavesas ya no son los planetas ni las estrellas, sino las propias galaxias individuales. No es de extrañar que cuando el astrónomo Allan Sandage, quien dedicaría toda su vida al estudio del universo, vio por primera vez a través de un telescopio, describió la experiencia como una tormenta de fuego en su cerebro.

 

Sin embargo, es admirable que esos mismos seres minúsculos y efímeros hayan podido llegar a saber todo esto, desde un oscuro planeta que gira alrededor de una estrella promedio, perdida en un rincón de una entre miles de millones de galaxias. Y que pueda pensarlo una y otra vez bajo una noche estrellada, y sentir la conexión profunda con ese cosmos del que hacemos parte y que a través de nosotros se piensa a sí mismo. ¿Qué más espiritual que la astronomía y la cosmología? 



Juan Diego Serrano




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