ESPIRITUALIDAD A LA CARTA





Entre los años cincuenta y sesenta, con la contracultura, el consumo de psicodélicos ayudó a fabricar otro evangelio: la expansión de la mente”. Bajo el efecto de estas sustancias, la persona experimenta estados intensos que luego reetiqueta como revelaciones”. Y ahí aparece una disputa más marcada: no porque la ciencia haya perdido autoridad, sino porque el adepto decide que su alucinación está por encima de cualquier explicación. El argumento estrella —ya desde finales de los sesenta— no es una tesis, ni una evidencia, ni siquiera una coherencia: es un eslogan. No me creas, experiméntalo. La frase suena democrática, pero es una trampa: reemplaza la discusión por la intoxicación, y confunde la vivencia con el conocimiento.

El problema de esa experimentación” es doble. Primero, no existe una medida universal para la dosis que cada persona debería” consumir: con frecuencia se opera por tanteo. Segundo, cada individuo vive episodios distintos, y esas diferencias no son un misterio sobrenatural; son, en muchos casos, variaciones de biografía, expectativas, sugestión, ansiedad y memoria. El resultado es inevitable: una espiritualidad hecha a la medida del consumidor. Una espiritualidad a la carta.

Con la ayahuasca ocurre el salto perfecto: lo local se vuelve global, lo ritual se vuelve paquete y lo sagrado se vuelve servicio. Lo que, en ciertos contextos comunitarios, tiene reglas, genealogía y responsabilidad, al exportarse puede degradarse en espectáculo terapéutico. El turista compra una noche intensa y la llama transformación”. La industria del retiro vende ancestralidad” como etiqueta premium; y la palabra medicina” se vuelve comodín para no decir droga”, negocio” o riesgo”. El riesgo no es una abstracción: a falta de dosificación precisa, muchas sesiones se parecen más a ensayo y error. Solo que aquí el error no es una mala reseña en internet: puede ser un boleto directo al hospital, o a la tumba.

Lo más cínico es que la nueva ola no se conforma con ser espiritual: exige el sello de la ciencia. El llamado renacimiento psicodélico” trae ensayos clínicos reales y promesas terapéuticas serias, sí; pero también abre un mercado tentador: capturar el prestigio científico para vender trascendencia como producto de bienestar. La hipocresía es transparente. Como la astrología cuando se disfraza de energías” y frecuencias”, estos seres de luz” buscan aval en términos técnicos para justificar lo que, en el fondo, es una adicción con maquillaje lírico. Así, la ciencia no se aleja” de la espiritualidad: la espiritualidad comercial se disfraza de ciencia cuando le conviene, y se disfraza de tradición cuando le conviene más.

Y por si faltaba algo, lo más deleznable de estos seres libres” es el tono de superioridad: no solo espiritual, también moral. Para ellos, usar la razón es señal de estancamiento”; dudar es negatividad”; pedir pruebas es baja vibración”. Se permite incluso una forma de idolatría invertida: desprecian el pensamiento crítico, pero citan nombres —Galileo, Newton, Einstein, Feynman— como si fueran tótems. No hay nada más contradictorio. Admirar a quienes ampliaron el conocimiento humano es sensato; convertirlos en santos, o usar sus apellidos como amuleto retórico, es exactamente lo contrario del espíritu científico.

De modo que la pregunta es inevitable: ¿cuál es la diferencia entre un fanático religioso —que solo ve por los ojos de su fe y llama herejía a todo lo demás— y el espiritual moderno que, con críticas injustificadas, vitupera cualquier cosa que amenace su hábito, empezando por la ciencia y el uso de la razón? Cambian los símbolos, pero el mecanismo es idéntico: blindarse contra la crítica. La espiritualidad de catálogo no te transforma: te entretiene con el lenguaje de la transformación.

Y, sin embargo, existe una conexión espiritual que no necesita humo ni gurús: la del ser humano con una noche estrellada. En ese silencio no hay que inventar revelaciones: basta con aceptar que, allá lejos, también están las preguntas —y a veces las respuestas— que nos obligan a crecer como individuos y como sociedad.

Johnny A. Agudelo

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