PEREGRINACIÓN NEWTONIANA
PEREGRINACIÓN NEWTONIANA
La displicencia del conductor del bus contrasta con la de una amable anciana que me indica exactamente dónde debo bajarme. Para mi sorpresa, resulta ser casi vecina de la casa precisa que busco. Camino un poco y en la entrada encuentro un aviso escrito en letras blancas contra un fondo negro que dice: “Bienvenido a Woolsthorpe Manor, donde Isaac Newton cambió el mundo”. Y sí que lo cambió: allí no sólo nació acaso el científico más grande de todos los tiempos, sino que fue el lugar donde Newton pasó su infancia y su juventud, pensando y aprendiendo por sí solo, hasta que en 1661, a la edad de 19 años, ingresó en el Trinity College de la Universidad de Cambridge, y también donde gracias a la peste de 1664-1666 se vio obligado a confinarse, tiempo en el cual avanzó sus investigaciones sobre la naturaleza de la luz y el color, la gravitación universal y el cálculo, todo lo cual transformó la ciencia en general, la naciente física moderna en particular y, a la larga, el mundo a través de sus aplicaciones tecnológicas que conducirían de la Revolución Científica a la Revolución Industrial. Dada la productividad de Newton durante el par de años en los que estuvo confinado en Woolsthorpe Manor, éstos son conocidos por los historiadores como sus años maravillosos, en los cuales, según el propio Newton, estaba en el clímax de su edad para la invención y pensó sobre filosofía y matemáticas más que nunca después, aparte del considerable tiempo que allí también pudo haber dedicado al estudio de sus intereses más arcanos pero también más queridos, la teología y la alquimia, en su incansable búsqueda de la perdida sabiduría antigua.
Me acerco a la ventana que da hacia el costado occidental y veo a través de ella el famoso manzano que supuestamente inspiró a Newton a pensar sobre la gravitación: que así como una fuerza invisible pero poderosa que aumentaba con la masa y disminuía con el cuadrado de la distancia hacía caer una manzana hacia el centro de la Tierra, esa misma fuerza mantenía a la Luna en órbita alrededor de la Tierra, o a los planetas alrededor del Sol. La historia es muy probablemente apócrifa y la única mención de la famosa manzana se encuentra en el relato de William Stukeley, uno de los primeros biógrafos de
Newton, quien la relata. Pero el árbol que veo es el mismo que vio Newton desde su ventana y eso es lo importante. Muchos años después, entrado el siglo XIX, una tormenta lo derribó pero el manzano volvió a renacer después, como si estuviera destinado a ser preservado por la historia, como un objeto de culto en
este lugar especial de peregrinaje de científicos, historiadores de la ciencia y turistas comunes de todo el mundo. Algunas semillas de este manzano han sido enviadas a otros lugares del mundo, donde hoy crecen descendientes del árbol de Woolsthorpe, empezando por el “Árbol de Newton” que se encuentra en el
jardín a la entrada del Trinity College en Cambridge, donde Newton tuvo su laboratorio alquímico y frente al cual las hordas de turistas que pasan por la calle Trinity se toman fotografías, tomándolo por el árbol original.
Tras hablar un poco con el guía, y salir de la habitación de Newton, paso brevemente por la otra habitación, aquella en la que Hannah dio a luz al prematuro Isaac, en el día de Navidad de 1642 –según el calendario inglés, que por entonces se hallaba atrasado unas dos semanas con respecto al
continental– sin saber que ese hijo tan pequeño, quien al nacer según dicen cabía en una jarra, se convertiría en un gigante que cambiaría el mundo, o al menos descubriría un nuevo mundo, gobernado por leyes matemáticas precisas que él mismo descubrió y formuló en sus monumentales Principia: las célebres
leyes del movimiento de los cuerpos que hoy todos los colegiales estudian, y la ley de la gravitación universal. Este conjunto de leyes físicas funcionan tanto en la Tierra como en el cielo, y a través de ellas Newton unificó la física terrestre de Galileo con la física celeste de Kepler en un solo sístema físico universal, lo que los historiadores de la ciencia denominan la “Síntesis Newtoniana”, la primera
unificación conceptual importante de la física moderna. Sin embargo, pese a sus titánicos logros, Newton mismo se veía como un muchacho que jugaba en la playa y encontraba una que otra concha bella mientras el gran océano de la verdad –esa verdad que era elusiva pero a la vez su mejor amiga (magis amica veritas)– se extendía ante él, todo por descubrir.
Salgo al jardín y doy una vuelta al manzano antes de tomar el bus de regreso. Hace más de tres siglos y medio, en ese rincón perdido de la campiña inglesa y en ese singular paisaje dominado por prados verdes, arroyos y ovejas pastando se concibieron algunos de los pensamientos más elevados que ha conocido la
humanidad, y que la transformaron para siempre. Todo en la mente de un solitario y enigmático individuo, hijo de padres probablemente analfabetas y destinado a las labores del campo pero por fortuna enviado a la universidad gracias a su tío materno, quien solo se movió entre ese lugar, Cambridge y
Londres, y quien probablemente nunca posó sus ojos sobre el mar, aunque explicaría las mareas. Y quien respondió, cuando alguien le preguntó cómo descubrió lo que descubrió: “pensando sobre ello constantemente”.
Al bajar del bus camino de vuelta a la solitaria estación de Grantham, donde debo tomar el tren que me llevará de regreso a Londres, no sin antes detenerme a beber una cerveza en el pub local, el Sir Isaac Newton. Ha sido una verdadera y memorable peregrinación Newtoniana.
Juan Diego Serrano

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