La Espiritualidad Artificial
La Espiritualidad Artificial
En 2017, un año particularmente convulso en lo personal, recibí la noticia de que había sido aceptado en el programa Astro Hack Week, que tendría lugar en la Universidad de Washington, en Seattle. La filosofía del programa giraba en torno al uso de machine learning e inteligencia artificial para abordar problemas de astronomía, aunque su alcance no se restringía únicamente a ese campo. Recuerdo que, durante una de las sesiones matutinas, el profesor Jake VanderPlas nos habló de cómo OpenAI desarrollaba lo que entonces parecía una novedad tecnológica: los chatbots, hoy difundidos bajo nombres como ChatGPT. También se refirió al uso del machine learning en reconocimiento facial y en la creación de hologramas. Parte de esas técnicas terminaría utilizándolas más tarde en mi aproximación al problema de las biofirmas en exoplanetas, asunto que sigue, hasta hoy, sin resolverse.
Mientras oía todo aquello, experimenté un desasosiego cuya causa no alcanzaba a comprender. Hoy creo saber de dónde venía: de la intuición de que estas herramientas podían ser usadas sin responsabilidad alguna. Como ha sucedido tantas veces con ideas nacidas en el ámbito académico, lo que empieza en una universidad acaba, tarde o temprano, al servicio del poder político o del interés industrial. Ese malestar ha ido creciendo con los años, y se volvió más agudo al enterarme de que la inteligencia artificial ha comenzado a emplearse para crear “réplicas” de seres queridos fallecidos: simulacros capaces de reproducir su voz y otros rasgos con la promesa de aliviar el duelo. Pero, ¿alivia realmente? ¿O estamos asistiendo al nacimiento de una nueva espiritualidad artificial, separada por igual de la razón y de la realidad?
Contrario a la falacia que difunden algunos mal llamados influencers, empeñados en presentar a estos chatbots como la culminación última de la creación tecnológica, lo cierto es que la inteligencia artificial va mucho más allá de sistemas como Gemini, ChatGPT, Grok y otros semejantes. Estos no son la inteligencia artificial en sí misma, sino apenas una de sus aplicaciones: programas diseñados específicamente para interactuar con el usuario mediante lenguaje natural. El combustible de los chatbots —y, en buena medida, de la inteligencia artificial en general— son las bases de datos, ya sean visuales, escritas o sonoras. Cuanto más amplia y variada sea esa base de datos, más eficaz será el entrenamiento del código; y cuanto mejor entrenado esté ese código, más precisos tenderán a ser sus resultados. Ya en este punto aparece un motivo de inquietud: el manejo de los datos que suministramos, muchas veces sin mayor reparo, tanto en sitios web como a estos mismos chatbots.
A comienzos de 1942, Isaac Asimov introdujo en su relato “Runaround” lo que más tarde sería conocido como las leyes de la robótica, desarrolladas después en Yo, robot (1950). Vale la pena recordarlas brevemente. La primera sostiene que un robot no debe dañar a un ser humano ni permitir, por omisión, que este sufra daño. La segunda establece que debe obedecer las órdenes de los seres humanos, excepto cuando dichas órdenes contradigan la primera ley. La tercera indica que debe proteger su propia existencia, siempre que esa protección no entre en conflicto con las dos anteriores. Nacidas como una invención literaria, estas leyes terminaron ocupando un lugar singular en la reflexión moderna sobre la relación entre técnica, responsabilidad y poder. Todavía hoy conservan cierto valor como referencia inicial para pensar el problema ético que plantea el desarrollo y, sobre todo, el uso de la inteligencia artificial.
La falta de control en el desarrollo de la inteligencia artificial radica, precisamente, en que esas tres leyes —tan sensatas en todo lo relativo al uso racional de la tecnología— han quedado relegadas a un plano oscuro, cuando no deliberadamente oculto. En parte, esto ocurre porque la inmediatez con la que hoy se reciben respuestas a casi cualquier pregunta, aunque muchas veces no sean del todo acertadas, produce la ilusión de suficiencia. Se trata, además, de respuestas construidas casi siempre bajo una corrección superficial: respuestas que evitan incomodar, que no contradicen abiertamente a nadie y que, por ello mismo, suelen parecer más confiables de lo que en verdad son. El resultado ha sido una forma de decaimiento intelectual, un letargo del usuario. Ya no parece necesario pensar; ya no parece necesario razonar: la inteligencia artificial lo hace por él.
A esto se añade una segunda deformación: la necesidad compulsiva de alimentar los sistemas con bases de datos cada vez más extensas ha dado lugar a una industria marcadamente cínica, fundada a menudo en la captación engañosa de información personal. Entre la renuncia a razonar y la competencia por acumular datos, se configura un daño profundo que contradice, al menos en su sentido más elemental, las leyes de Asimov. El usuario entrega sus datos con escasa resistencia, expone su individualidad y la pone a disposición de un código entrenado para procesar cuanto se le suministre. En lo que respecta a la tercera ley, ni siquiera parece haber aquí un verdadero instinto de preservación: extinguida la rentabilidad, se extinguirá también la herramienta, y otra vendrá a sustituirla.
Hemos llegado a un punto en el que incluso la muerte y el dolor de la pérdida comienzan a presentarse como experiencias susceptibles de ser intervenidas, moduladas o sustituidas por la inteligencia artificial. En ello hay algo profundamente revelador: parecería que el ser humano empieza a renunciar, con inquietante docilidad, a aquello que mejor lo define, a saber, el uso de la razón, la capacidad de atravesar el sufrimiento y la obligación de medirse con la realidad, aun en sus formas más crueles. En su lugar, se ofrece el consuelo de una máquina capaz de fabricar una ilusión a la medida del deseo. Si ese camino se consolida, nuestra espiritualidad —cualquiera que sea su nombre o su forma— podría terminar siendo reemplazada por una espiritualidad artificial: una en la que la realidad ya no importe y en la que cada individuo elija, simplemente, la ilusión en la que desea habitar.
Johnny A. Agudelo


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