UNA SALUDABLE DOSIS DE REALISMO

 


Un pilar básico de la formación filosófica –y científica– es aprender a filtrar el grano de la paja, a distinguir entre saber y creer, conocimiento y fe, verdad y falsedad, realidad y deseos. Sin embargo, esta distinción básica, que consiste ante todo en aprender a no auto-engañarse, parece importar poco o nada a muchos “pragmáticos”, quienes solo parecen interesarse por la utilidad, conveniencia y beneficio de creer algo, en lugar de su veracidad y por tanto de su correspondencia con la realidad, que es como tradicionalmente se define la verdad. Es decir, por la solidez de los argumentos y la evidencia que soporte –o no– dicha creencia, por querida o arraigada que sea. Pero como bien dijo el filósofo André Comte-Sponville, “el verdadero filósofo prefiere una verdadera tristeza a una falsa alegría”. Tanto al filósofo como al científico lo que le interesa es la búsqueda de la verdad, aunque dicha verdad le incomode, porque comprende que dicha verdad va más allá de su ego, sentimientos, deseos o ilusiones. Esa verdad que se busca, o que al menos buscan la filosofía y la ciencia a diferencia de la que establecen la religión y la teología no tiene que ser absoluta e inmutable sino parcial y aproximada y esa búsqueda implica coraje y honestidad intelectual, así como una constante lucha contra la estupidez, los prejuicios y la irracionalidad, tanto propios como en los demás. Como bien señaló Christopher Hitchens refieriéndose a las creencias en general, lo importante no es tanto qué se crea sino cómo se crea. Es decir, creer algo porque hay buenas razones para creerlo más allá de las convicciones personales o la utilidad de las mismas. O bien no creerlo porque no hay buenas razones para hacerlo, y estar en capacidad siempre de cambiar de opinión, en caso de que mejores razones y evidencia aparezcan, o de abandonar una creencia si se encuentra que dichas razones y evidencia son insuficientes. En eso, a mi modo de ver, consiste ser racional.


Así, lejos de ser un defecto o de ser cerrado de mente, ser racional es una virtud e implica apertura mental a evaluar nuevos argumentos y evidencia, y ayuda a pensar mejor para vivir mejor, que es el objetivo del filósofo. E implica, por supuesto, ser reflexivo, crítico, analítico y escéptico. Para la persona racional, la credulidad no es una virtud, y a menudo ésta no se distingue de la fe, de la esperanza y la ilusión que venden tantos adalides del coaching, la superación y el optimismo barato e ingenuo. Al deshacerse de las falsas creencias, de las supersticiones y de la insensatez que ellas producen, la persona racional se deshace de la turbación que ellas producen, lo cual conlleva a pensar y a vivir mejor, más plenamente, más lúcidamente, más libremente y, aunque no siempre dado el realismo que implica, acaso más felizmente. Por otra parte, un problema fundamental de honestidad intelectual aqueja al creyente –sea en religiones o en pseudociencias– al no hacerse nunca la pregunta: ¿será que lo que creo puede estar equivocado? Eso no parece interesarles y dado que todos los humanos somos falibles, ignorantes y limitados intelectualmente, desde el punto de vista del escéptico es una falla imperdonable del razonamiento que lleva a confundir los deseos con la realidad. La fe no es ninguna prueba, ni siquiera un argumento; es solo una convicción, a menudo ciega y muy ligada a los deseos personales, que no obstante puede servir como placebo, pero eso no la hace un ápice más veraz.


Ahora bien, si me deshago de la creencia en religiones y otras supersticiones, ¿seré más infeliz? Por el contrario, como enseñaba Epicuro, así como la medicina cura las enfermedades del cuerpo, la filosofía procura la salud del alma, es decir, de la mente. Y parte de esa salud mental según él es, por ejemplo, dejar de creer que los dioses se preocupan por los asuntos humanos y producen desastres naturales, y así eliminar la turbación que esas falsas ideas producen, y en lugar de eso buscar explicaciones racionales y naturales de los fenómenos. ¿Implicaría eso dejar de ser espiritual? Depende de lo que se entienda por esa palabra. Si ser espiritual implica creer en dioses y en lo sobrenatural, quizá. Si por el contrario dotamos ese término de la amplitud y complejidad que merece, en absoluto. Por mi parte, no creo en dioses ni en nada sobrenatural y por eso no dejo de maravillarme por la inmensidad del universo –del que me siento y hago parte– y de asombrarme por lo extraña que es esta realidad que habitamos, pues los misterios del universo ciertamente eclipsan por mucho a los de toda religión, superstición o esoterismo. Muchos de quienes se dicen religiosos y espirituales, por ejemplo, no experimentan los mismos pensamientos y sensaciones que yo ante la contemplación de una noche estrellada, que, como bien expresó el poeta Samuel Coleridge, es quizá lo más cercano a un sentimiento. Ser espiritual, a mi entender, es ser reflexivo, inquieto, consciente y capaz de trascender el mero ego para sentirse parte de ese todo que es el universo, así no tenga nada de sobrenatural pero no por ello es trivial. Al contrario, es más impresionante aún que toda esta existencia tan enorme y compleja haya sido el resultado de procesos naturales a menudo azarosos, no guiados por la mente y la mano de un creador todopoderoso, omnisciente y benevolente. Y ese universo, o multiverso, que existe independientemente de mi, se extiende en su inmensidad más allá del solipsismo del yo, de mi mente individual, la trasciende pero a la vez soy parte, si bien minúscula, de él, y al menos muy limitada y parcialmente puedo entender algo de él, lo cual no es menos sorprendente: un producto y parte minúscula del universo que sin embargo se piensa a sí mismo y es capaz de crear ciencia, filosofía, arte religiones. Y dicho universo y mi existencia dentro de él tampoco tienen que tener necesariamente un propósito, finalidad o intención, como muchos asumen. De hecho, como observó el físico Steven Weinberg al final de su libro Los Tres Primeros Minutos, “mientras más comprensible parece el universo, más sin propósito parece, pero el esfuerzo por comprender el universo es de las pocas cosas que eleva un poco la vida humana sobre el nivel de la farsa, y le da un poco de la gracia de la tragedia.”


Pienso que todos los grandes científicos –que sin embargo nunca dejan de ser niños curiosos– han compartido ese tipo de espiritualidad que acabo de describir, más allá de que sean religiosos o no: tanto los creyentes Kepler y Newton, como el panteísta Einstein, como los ateos Feynman y Sagan. De hecho, una breve anécdota de Feynman ilustra muy bien el punto. Relata el físico Leonard Mlodinow en su libro El Arco Iris de Feynman que, tras sus meses de interacción con Feynman cuando se encontraba como investigador postdoctoral en el Caltech, al despedirse del gran físico le agredeció por lo que éste le había enseñado. La respuesta de Feynman fue que, si en realidad le había enseñado algo, le respondiera una pregunta final, sin ecuaciones, con un  o un no: “ve y mira la fotografía de un átomo a través de un microscopio electrónico, pero examínala bien y piensa en lo que ello significa. ¿Hace que tu corazón se agite?”. Ocurre exactamente lo mismo con la noche estrellada, cuando se sabe lo que se observa, se aprecia más y se siente más intensamente, no menos. De la misma manera el propio Feynman describe sus sensaciones ante la belleza de una flor o sus pensamientos ante las olas del mar, desmintiendo la falacia de que los científicos, al racionalizarlo y explicarlo todo, le quitan su encanto. Por el contrario, la comprensión agrega más profundidad, lleva a ver y a sentir más, y ese tipo concreto de experiencia espiritual no requiere ni de fe, ni de dioses, ni de nada sobrenatural o esotérico, ni de trascendencia más allá de esta única y efímera vida que conocemos. Basta el asombro por la realidad física tal y como es, y el sentirse parte pensante de ella y tratar, en la medida de lo posible, de comprender algo de ella y de nosotros mismos. Y basta la conciencia de que esa realidad es quizá más increíble y misteriosa que cualquier fantasía. Pensar en todo esto, por último, puede ayudar a sobrellevar las adversidades de la vida. Y si eso no es ser espiritual, ¿entonces qué lo es?

 

Juan Diego Serrano

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